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Los secretos del alcanforero que huele a verde y a hierba

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Alumnos de O Piñeiriño recibieron una lección magistral de manos de Mario Vázquez en el parque Valdés Bermejo

Senderos alfombrados de otoño, un estanque cubierto de verde, acebos, abedules, alcanforeros, bayas venenosas y no venenosas... Y de acompañamiento, la música de dos trompetistas. Así no es de extrañar que a los niños de O Piñeiriño les saliese el alma poética y cuando el monitor les preguntó a qué olía una hoja de alcanforero, no lo dudasen y gritasen: «¡Huele a verde!», «¡Huele a hierba fresca...!». Que ni García Lorca lo hubiese dicho mejor.

Fue una de las anécdotas de una productiva mañana vivida por medio centenar de alumnos de tercero de Primaria en el parque botánico Valdés Bermejo, una auténtica aula de la naturaleza en medio de Vilagarcía cuyas lecciones se multiplican si quien las imparte es el técnico municipal Mario Vázquez, capaz de despertar la curiosidad de los pequeños no solo con fundamentales nociones de ciencias naturales, sino también con esos dichos y esa sabiduría popular que se transmite de abuelos a nietos y que deja boquiabiertas a las nuevas generaciones.

Como se trata de una especie de rabiosa actualidad por ser uno de los principales símbolos de la Navidad, los revoltosos alumnos, junto con sus profesores y el monitor se acercaron a uno de los hermosos acebos que hay en O Castriño. Y Mario Vázquez preguntó: «¿E macho ou femia?» Y aunque los alumnos lo intentaron, ni siquiera se aproximaron a la verdad. «É femia porque ten froito», explicó el técnico. Y esa razón está estrechamente relacionada con el carácter protegido del acebo. «Que non é porque estea en perigo de extinción, hai milleiros de acivros, pero é unha das poucas árbores que teñen froito en inverno e do que poden comer os paxaros, por iso non se poden cortar como adorno de Nadal, porque quedan os paxaros sen comida. ¿A que non o sabiades?»

Y no, no lo sabían, ni ellos ni sus profesores. Como tampoco sabían que las bayas del acebo no son venenosas, al contrario que otras bolitas de un arbusto que crece al lado. «Como as adelfas que tivemos que quitar do colexio», decía un profesor. «Pero habería que comer quilos e quilos para que fixeran mal», puntualizó Mario. ¿A que tampoco lo sabían?

Y de la oportunidad temporal a la espacial. Tras dejar atrás el acebo, la comitiva se acercó a otro gran árbol. También tenía su historia, y por supuesto, Mario la contó. Resulta que el rey Carlos III quiso hacer un jardín botánico en Madrid, y pidió para ello a todos los embajadores que llevaran árboles de los distintos países en los que se encontraban. El marqués de Aranda, el dueño del pazo de Rubiáns, era embajador en Nueva Zelanda, y desde allí envió una especie arbórea que no prendió en Madrid, pero sí en Vilagarcía, desde donde se extendió al resto de España.

Era ese árbol del parque de O Castriño cuyas hojas olían en la mañana de ayer todos los años. «¿E que olor ten?», preguntó el monitor. A unos le recordaba al eucalipto, a otros a la menta, al limón... «Pois non, ten o olor das boliñas de alcanfor». Pero claro, la mayoría de los niños ya no saben lo que son las bolitas de alcanfor. Sí lo sabían los profesores y también el monitor. Lo sabía desde pequeño, porque «a miña avoa as collía cando xa estaban algo secas, as metía nunhas bolsiñas e as gardaba no armario». Y así, el pequeño Mario iba siempre a misa oliendo a alcanforero, ese árbol que el marqués de Rubiáns trajo de Nueva Zelanda.

Fuente:La Voz de Galicia

 

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